Perseguidos

Leo los escritos que dejan los muertos. Las promesas en papel. ¿Quiénes son los culpables? Todos.

Sin saberlo te busco obsesivamente en los objetos y, al darme cuenta, siento que, de nuevo, me volveré a romper.

Y pregúntome quién llenará ahora las tazas y quien beberá esas hierbas de Austria. Si el pequeño cojín verde se separará de Buda y el incienso será quemado en otro salón. Si las capas y sombreros, por falta de uso, mantendrán el brillo. Si las recetas quedarán en el olvido de un cajón.

Conservo lo poco físico que me dejaste. Que conmigo no se irá si me evaporo. Y el recuerdo del amor que ya perdí sin aún yo verlo. Que se esconde tras la gente en las ciudades.

 



 

 

Buscando las líneas de la perfección

Buscando, otra vez, las líneas de la perfección

 

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Cuando se acaba la felicidad

Se empeñan en decir que las cosas no se pueden evitar. Pero cuando tienes criterio para hablar sobre el tema, sabes que todo es paliable. El depresivo busca la felicidad. Cuando te topas con ella, lo disfrutas tanto, que casi no te das cuenta de la maravilla que estás viviendo. Pero cuando la pierdes, te hundes en la miseria. De un día para otro. Sin transiciones.

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Viena, 26 de octubre de 2050 o Aquello que dijimos.

Hoy he recordado la promesa que hicimos.
Y me he dado cuenta de que la habrías en parte ya olvidado.

Pero, sea como sea, allí estaré donde dijimos,
«pase lo que pase, aunque se separen nuestros caminos..

(.. que se separarán, sí, lo damos por hecho, lo damos por sabido)».

Así ver la vida de repente ya pasada.
Así observar cómo se envejece
y si el carácter se avinagra.

Allí estaré en cuerpo (posiblemente),
esperando, de ti, una señal;
esperando sin razón a que aparezcas para acompañar aquel café con una sonrisa de tus ojos.

O llegaré en alma (quizás),
compartiendo la luz del mediodía,
codeándonos con el viento susurrante que se desliza en las campanas.

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Se dice (de las almas atormentadas) que son valientes por querer seguir viviendo, y egoístas si deciden dejarse llevar por el Mar. Sin embargo, nadie ve que el mantener el sufrimiento sin superarlo es una dolorosa resignación a la vida, y que es más valiente aquél que da el paso a una felicidad propia, más allá de lo que los demás comprenden.

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Hasta este instante, no había sido nunca consciente de lo tan mala persona que soy.

De que nunca he ayudado ni consolado lo suficiente. De que no siempre acierto con las palabras y del dolor que provocan mis silencios.

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La última vez

La última vez que hice el amor, te imaginé.

Y primero comencé a sufrir al recordarte y a llorar de dolor y represión. Porque aún quería tener la oportunidad de conservarte y de acudir a ti.

Y, pensándote, hubo un instante en el que te sentí cerca, y abrí los ojos y allí estabas. De perfil junto a mi cara, vi tu pelo y tuve tu barba suave rozándome la mejilla, y sin traerte el rostro con mis manos, para no ver el engaño, toqué tu nariz buscando ese arete que tan sexy te hacía, y allí estaba, o allí lo imaginé tan real como cierto.

Recordé que te encantaba mi cuerpo y lo ensimismado que yo te tenía. Por entonces no nos dejábamos querer del todo, pero sabíamos que aprenderíamos a querernos con nuestros secretos conocidos, expresados sin querer.

Y te dije en voz alta que lo hiciéramos y lo disfrutáramos como si esta vez fuera la última. Y, en nuestro apogeo, lloré de felicidad completa e infinita, sabiendo que de nuevo habías estado a mi lado, y que habíamos aprendido y mejorado como tú dijiste que podríamos; que yo te había perdonado y tú me habías perdonado, aun no habiendo nada que perdonar, como tú dirías; que nuestro camino se había corregido y las diferencias entre nosotros se habían acabado.

Y las lágrimas que recorrían mi cara las limpió alguien que ya no eras tú. Y la voz de fondo se iba y venía como un murmullo constante al que no se le da ninguna importancia porque no interesa.

Supe entonces que no volvería a hacer el amor con ese hombre, quien hasta ahora había sido sólo una salida, una compensación a nuestros problemas de inexpertos.

Me levanté y tuve ganas de vomitar. Y recordé cuánto había bebido, gritado y llorado por ti la noche anterior. Involuntaria e incontrolable. Artificial.

En el baño limpié mi cuerpo cuidadosamente, purificándome de una saliva que no era la tuya.

Me miré al espejo y me sentí bien por primera vez en mucho tiempo y me pregunté si ese sentimiento duraría.

Recordé nuestras meditaciones y sentí tu alma atormentada más liviana que nunca.

Porque aquella luz que siempre buscaste es con la que ahora iluminas, y con la que me has ayudado. Y tú, desde tu nueva y única consciencia, sabes que lo has hecho.

 

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Ya no me culpo,

o eso intento.

Y ya no te culpo a ti,

porque hiciste lo que deseabas.

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El sonido en el silencio

«Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando», decía Juan Ramón Jiménez. Y él sabía que, aunque siguieran cantando, ya no los oiríamos del mismo modo. Tampoco las risas de quienes se nos cruzan sonarían igual aunque fueran comunes. Y los alientos propios ya serían suspiros y lejanos dejes de lamentos. Y que esos gorriones que seguíanse acercando, los veríamos apoyados en ventanas de otra gente. Y nuestra música, poderosa, se adueñaría de nosotros con más fuerza que nunca, saciándose en nuestro dolor, en nuestra culpabilidad y en nuestra melancolía.

Y que, ajenos a lo ajeno de esta vida, que es la muerte, los pájaros, en sus ramas y con el viento entre las plumas, seguirían cantando.

 

A Carlos Mateu [28/07/1987-30/08/2017]

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Soy un perro desenamorado. Ahí, como un cualquiera, tirado en la acera con la espalda apoyada en la pared de un bloque de pisos.

Para no estar en casa y poder olvidar algunas imágenes y olores que me rodean, bajo a merodear por el barrio y me inmiscuyo en cualquier patio que no sea el mío. Allí sentado dejo transcurrir las horas intentando no adivinar el tiempo que pasa, como cuando deseamos dormirnos enseguida sin enterarnos de la espera y amanecer al día siguiente como si hubiéramos vuelto a nacer o todos nuestros problemas se hubieran solucionado.

Las frustraciones de los demás siempre han acabado en mi contra. He vivido acosado con el «Yo te eché más de menos que tú a mí». Me enamoré lo suficiente o demasiado en mi juventud. En algún momento se levantó una muralla, una frontera o se marcó un límite, y tras ello no he sabido qué es la pasión y el dolor. Sí los celos y el desengaño, ligados inevitablemente al amor, por ligero que éste sea. Los apegos circunstanciales que he experimentado después, no son enamoramientos y tampoco caprichos. No sabría definirlos.

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En el horizonte puedo ver el crucero que nos llevará allá donde soñamos; rápido, sin que nadie nos alcance; aunque quizá el Amor nos pise las huellas hasta más allá de París.

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Cuando no eres suficiente.

La mirada en las aguas removidas por un barco que pasa, y sentirse uno mismo ya cayendo y penetrando en las ondas, en una superficie blanda, cálida y confortable que se adapta al cuerpo. Hundirse sin pensar en nada, sólo sintiendo el templado de la profundidad.

Es un agujero. Es el meditar sobre la seguridad que la vida te pueda traer; una estabilidad tan removible e incontrolable, de equilibrio irreal.

Caer por el puente no supone un choque ni un cambio. Tampoco trae consigo una liberación radical. Es la continuación de un camino de la vida, como tantos otros que nos son propuestos.

Sentado en un último asiento lateral del tranvía, que echa a andar, que aumenta la velocidad, y en una curva suave encontrarte observando la lejana cabeza del transporte, que ahora ves como un túnel sin fondo que avanza mientras estás parado. Un espacio infinito, estrecho y arrollador.

La curva pasa a ser una recta y pierdes la noción del vacío, volviendo a la presencia de las circunstancias que llamamos naturales.

Pero la extrañeza ha quedado de alguna manera, y se aviva ante otros sucesos. El ruido crece. La música de los auriculares ya no puede acolchar el ambiente ni la presencia del alrededor. La mezcla de los sonidos se amplía; los llantos de los niños, el hablar de los adultos, el aviso de la siguiente parada.

Cuando la apariencia dicta una vuelta a la tranquilidad, gente nueva accede al vagón, y, en lugar de ocupar los asientos vacíos, quedan de pie, cerca, demasiado cerca de ti. No uno ni dos, sino más; en tu imagen se agolpan, provocando una reducción del espacio y de la respiración.

Cuando se alejan no supone un alivio, sino una mezcla y enrarecimiento del aire. Se limita completamente la capacidad de respirar. Así se encoge el corazón y la actividad mental hasta que de manera automatizada recoges la libreta y el bolígrafo, te levantas, y sales del tranvía siguiendo al rebaño en el que te mueves.



 



2016?

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Llega un momento en el que flota la mente, se aleja el cuerpo; y esa sensación al escuchar la primera nota es el despertar de los sentidos.

Oigo el movimiento hacia delante, de las manos, del sonido. Y ese murmullo de fondo,
incontrolable. La marcialidad en los dedos, respondiéndose entre sí sin gestos de lucha, sin preparación, como una bandada de pájaros en movimiento y gesto aprendido, instintivamente uno tras otro en perfecta armonía.

El cambio de tempo como algo natural. El compás que evita la monotonía. Una composición tan profundamente racional y a la vez tan tremendamente imprevista, variada y modulante.

De vez en cuando el canto de una melodía oculta destaca por encima de todo, sobre un bajo punzante y perfecto. La velocidad es justa, precipitada al vacío; encajada y mantenida.

 

 

(Extracto de A Glenn Gould. Febrero 2016)

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