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Añoro el amor
pero también me cansa.

Uno aprende que el sufrimiento no vale la pena y que, por esto, tampoco es merecedor de nuestra atención aquello que lo provoca.

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Despertar

Y de repente despertó

Y perdió la cabeza

Al darse cuenta de todo lo que era capaz de hacer.

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¿Sabes qué?

Debería probar a enamorarme. No sé si vendrá bien para los nervios, pero es cuestión de planteárselo y ver qué pasa.

Buscar un amor, quizá algo sencillo, rústico, entretenido y que no conlleve complicaciones; o algo profundo, qué se yo, de eso que dicen que te deja sin palabras, sin respiración y que se te clava en el alma.

O quizá la solución sea tomar algo que ya tengo y enamorarme de ello. Algo que ya existe en mi vida y de lo que sin duda alguna podría fácilmente enamorarme.

A veces la solución está tan cerca que no se nos ocurre pensar en ella.

 

~∞~

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Tú, que me sonríes

Tú, que me sonríes sin conocerme, y que me miras queriendo que me dé cuenta. ¿No sabes que te bastas con esos gestos para ganarme y arreglarme los sentires? Claro que lo sabes. Y yo me seguiré dejando, para que con esa sonrisa lo arregles todo.

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Presence

Today I had breakfast with a stranger. He, tall, blonde and handsome, was talking to some friends at the tram station. Already a bit out of the conversation, he looked at me. I did like I didn’t notice it but I felt his light eyes on me several times, like inviting me to share the look. So I looked, and with my dark eyes I asked him: «Why just sharing a look if we can share the morning? Let’s come, I just bought breakfast.» And he couldn’t look away and started to walk behind me. And he didn’t think about his friends anymore. He was thinking only about the present in front of him.

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La cura

No es necesaria la presencia de nadie para ser feliz.

Porque no hay ninguna soledad, ninguna enfermedad, que Bach no pueda curar.

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Hasta que el interés nos separe

El amor, el cuidado y el respeto durante la enfermedad y los malos tiempos son un mito. Quien más lo dice, menos lo hace; quien más tiene la oportunidad, menos la aprovecha.

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Hojas de roble

Los colores del otoño ya se han vuelto uno solo en el espacio de los jardines y a las orillas de las vías; uno sólo y mil al mismo tiempo, todos dentro de la tonalidad del rojo, o del amarillo, o del marrón. Según lo mires.

La niña que habla con las plantas ahora habla consigo misma porque ellas no le escuchan, y a riesgo de sentirse más loca de lo que ya está. Arbustos de hojas mustias y negras por el frío se mantienen silenciosos. Las hojas de roble son la única nieve que se pisa y la poca vida proviene de un par de mirlos poco activos que picotean algo invisible entre las ramas.

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31 de agosto

Subo al tren y comienza un viaje. Largo como todos, y más largo cuando supone la vuelta a la rutina. En un asiento que se convierte en mi guarida desde que sale el sol hasta que se pone.

Lo primero es encontrar el sitio perfecto. Como siempre, a la esquina del vagón y con todos los viajeros dándome la espalda. Algo parecido a la intimidad durante poco más de catorce horas.

Ya sentada, erijo una invisible muralla y desde mi fortaleza miro las cabezas sobresalientes de mi alrededor. El silencio reina y no hay ninguna presencia destacable. No es tiempo de hablar y el sol no ha salido lo suficiente como para centrarme en una clara lectura.

Tras muchas variaciones cromáticas, los objetos retoman su color habitual y pierden en cierto modo el interés. Se abre la puerta del vagón y llega el olor del café, aviso del inicio del almuerzo. Aprovechando el entretenimiento del personal, retiro las maletas que me protegen y me levanto a estirar las piernas. Se me pasa el tiempo de la comida y de la sobremesa paseando de una punta a otra del tren, observando.

Cuando vuelvo a este país como extranjera, donde me siento aún (y me hacen sentir) extranjera después de tantos años aquí vividos, cierta neblina cubre mi pensamiento. Me propongo comenzar de nuevo, utilizar las vacaciones en Madrid para renovar y ventilar la cabeza y el carácter. Pero ¿cómo continuar con esa idea después de haber encontrado la vida y los sueños durante el calor del verano? Esto me provoca aún más miedo a volver al lugar al que este tren me lleva. Un terror que sé que se convertirá en obsesiones incontrolables.

Y paso tanto tiempo aquí, que incluso en mi Madrid me siento extraña. ¿A dónde pertenezco? Llamo “casa” a lo que no lo es, llamo “vida” a lo que no siento como tal, y me despego lentamente de la razón para pegarme a una rutina de futuro incierto.

Retiro la mirada a la gente que me inspecciona de arriba abajo y vuelvo a mi asiento. Busco en el bolso mi edición canadiense del Ulysses: Me esperan varias horas de lectura con el único objetivo de mantener la mente ocupada en otra cosa.

Se echa encima la tarde. Dejo el libro a un lado y deslío el papel que esconde un bocadillo. Se hace inevitable pensar en la proximidad al destino. Las nubes cubren la poca luz que resta del día, en este inquietante clima que te vuelve taciturno.

Llegar y no llegar. La parada final del tren supone la salida de mi refugio y arrastrar los pies hasta la puerta. “Llegar” a “casa” y marchar directamente a la cama. Meterme bajo las sábanas como volviendo a mi asiento y guarida. Horas de pensamiento, de caras conocidas, de recuerdos a los que abrazarse dolorosamente, de olores que desaparecen, y este suave balanceo del vagón que, como cada vez, me conduce hacia una nueva incertidumbre.

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Encuentros con un leptón

De una falsa despedida, de la que huyes, que evitas, que quieres que llegue y que no llegue. Que valoras en el ánimo de ser falsa. Que de sólo física, se convierte en un sentimiento del alma, más allá del puro roce del abrazo y de los labios sobre las mejillas; de besos disimuladamente cerca de las comisuras.

De la sensación extraña que de repente queda tras una separación aparentemente distendida.

Obligada a no girarme de nuevo, no volver la mirada por miedo al hechizo de piedra; centrada en aguantar impasibles unos ojos que se humedecen y una boca que tiembla.

Y ya en la lejanía, fuera del peligro de las llamas, echar un vistazo inocente y no ver más que un desierto que te funde y te libera el interior.

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Compensación

Aunque la muerte me lleve de forma consciente y consentida, a pesar de la sorpresa y la tristeza circundantes,
y aun con la idea de decepción frente a lo no logrado en esta vida, siendo yo al fin más débil que el resto proclamada;
mi angustia encerrada, mi alma pesada, mi pensamiento mordaz, y mi cuerpo cansado serán ya libres, y las aguas de un Danubio me llevarán plácidas, calladamente acompasadas.

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Ser feliz es..

Ser feliz se compone de muchísimas cosas, de pequeñas y grandes actividades, complementos y personajes. A veces nos falla una, nos fallan dos, y no por eso sentimos tambalear la existencia de nuestra felicidad, ni siquiera le damos excesiva importancia a “la felicidad como necesidad”, sino que lo vemos como algo más, algo que nos llena de alguna manera.

No creo que sea elegible el ser feliz. “Somos” como somos y, ay, cuando nuestra situación natural/normal cambia. Cuando todo se cae, cuando de repente te ves haciendo aguas y ni siquiera notaste la gotera. Y te pones a achicar agua desesperado, no conociendo el punto de procedencia, pero estás ya tan hundido que no ves más allá de tu nariz y tus penalidades.

O quizá la felicidad es simplemente una de esas cosas que, hasta que no la pierdes, no te das cuenta de cuánto la necesitabas.

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