Subo al tren y comienza un viaje. Largo como todos, y más largo cuando supone la vuelta a la rutina. En un asiento que se convierte en mi guarida desde que sale el sol hasta que se pone.
Lo primero es encontrar el sitio perfecto. Como siempre, a la esquina del vagón y con todos los viajeros dándome la espalda. Algo parecido a la intimidad durante poco más de catorce horas.
Ya sentada, erijo una invisible muralla y desde mi fortaleza miro las cabezas sobresalientes de mi alrededor. El silencio reina y no hay ninguna presencia destacable. No es tiempo de hablar y el sol no ha salido lo suficiente como para centrarme en una clara lectura.
Tras muchas variaciones cromáticas, los objetos retoman su color habitual y pierden en cierto modo el interés. Se abre la puerta del vagón y llega el olor del café, aviso del inicio del almuerzo. Aprovechando el entretenimiento del personal, retiro las maletas que me protegen y me levanto a estirar las piernas. Se me pasa el tiempo de la comida y de la sobremesa paseando de una punta a otra del tren, observando.
Cuando vuelvo a este país como extranjera, donde me siento aún (y me hacen sentir) extranjera después de tantos años aquí vividos, cierta neblina cubre mi pensamiento. Me propongo comenzar de nuevo, utilizar las vacaciones en Madrid para renovar y ventilar la cabeza y el carácter. Pero ¿cómo continuar con esa idea después de haber encontrado la vida y los sueños durante el calor del verano? Esto me provoca aún más miedo a volver al lugar al que este tren me lleva. Un terror que sé que se convertirá en obsesiones incontrolables.
Y paso tanto tiempo aquí, que incluso en mi Madrid me siento extraña. ¿A dónde pertenezco? Llamo “casa” a lo que no lo es, llamo “vida” a lo que no siento como tal, y me despego lentamente de la razón para pegarme a una rutina de futuro incierto.
Retiro la mirada a la gente que me inspecciona de arriba abajo y vuelvo a mi asiento. Busco en el bolso mi edición canadiense del Ulysses: Me esperan varias horas de lectura con el único objetivo de mantener la mente ocupada en otra cosa.
Se echa encima la tarde. Dejo el libro a un lado y deslío el papel que esconde un bocadillo. Se hace inevitable pensar en la proximidad al destino. Las nubes cubren la poca luz que resta del día, en este inquietante clima que te vuelve taciturno.
Llegar y no llegar. La parada final del tren supone la salida de mi refugio y arrastrar los pies hasta la puerta. “Llegar” a “casa” y marchar directamente a la cama. Meterme bajo las sábanas como volviendo a mi asiento y guarida. Horas de pensamiento, de caras conocidas, de recuerdos a los que abrazarse dolorosamente, de olores que desaparecen, y este suave balanceo del vagón que, como cada vez, me conduce hacia una nueva incertidumbre.
