De una falsa despedida, de la que huyes, que evitas, que quieres que llegue y que no llegue. Que valoras en el ánimo de ser falsa. Que de sólo física, se convierte en un sentimiento del alma, más allá del puro roce del abrazo y de los labios sobre las mejillas; de besos disimuladamente cerca de las comisuras.
De la sensación extraña que de repente queda tras una separación aparentemente distendida.
Obligada a no girarme de nuevo, no volver la mirada por miedo al hechizo de piedra; centrada en aguantar impasibles unos ojos que se humedecen y una boca que tiembla.
Y ya en la lejanía, fuera del peligro de las llamas, echar un vistazo inocente y no ver más que un desierto que te funde y te libera el interior.
