«Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando», decía Juan Ramón Jiménez. Y él sabía que, aunque siguieran cantando, ya no los oiríamos del mismo modo. Tampoco las risas de quienes se nos cruzan sonarían igual aunque fueran comunes. Y los alientos propios ya serían suspiros y lejanos dejes de lamentos. Y que esos gorriones que seguíanse acercando, los veríamos apoyados en ventanas de otra gente. Y nuestra música, poderosa, se adueñaría de nosotros con más fuerza que nunca, saciándose en nuestro dolor, en nuestra culpabilidad y en nuestra melancolía.
Y que, ajenos a lo ajeno de esta vida, que es la muerte, los pájaros, en sus ramas y con el viento entre las plumas, seguirían cantando.
A Carlos Mateu [28/07/1987-30/08/2017]
