Soy un perro desenamorado. Ahí, como un cualquiera, tirado en la acera con la espalda apoyada en la pared de un bloque de pisos.
Para no estar en casa y poder olvidar algunas imágenes y olores que me rodean, bajo a merodear por el barrio y me inmiscuyo en cualquier patio que no sea el mío. Allí sentado dejo transcurrir las horas intentando no adivinar el tiempo que pasa, como cuando deseamos dormirnos enseguida sin enterarnos de la espera y amanecer al día siguiente como si hubiéramos vuelto a nacer o todos nuestros problemas se hubieran solucionado.
Las frustraciones de los demás siempre han acabado en mi contra. He vivido acosado con el «Yo te eché más de menos que tú a mí». Me enamoré lo suficiente o demasiado en mi juventud. En algún momento se levantó una muralla, una frontera o se marcó un límite, y tras ello no he sabido qué es la pasión y el dolor. Sí los celos y el desengaño, ligados inevitablemente al amor, por ligero que éste sea. Los apegos circunstanciales que he experimentado después, no son enamoramientos y tampoco caprichos. No sabría definirlos.
