Si te he visto, no me acuerdo.
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¿Sabes? No viviré mucho más tiempo, pero, ¿quién está más capacitado para elegir el camino de mi vida que yo mismo?
Querido mío:
¿Qué es enamorarse? Porque yo ya no me acuerdo. Y mira que, en el fondo, creo recordar que en algún momento de mi vida tuve, si no la respuesta, al menos la sensación y la vivencia.
¿Cómo era – dímelo tú, si es que te acuerdas- aquello de despertar a tu lado y no querer apartar la mirada de tus párpados aún soñadores y de tus dulces patitas de gallo?
No sé si te amé, porque, por aquella época, yo ya no sabía lo que era el amor y sólo me dejaba llevar. Cierta idea, teórica, aproximada, me venía a la cabeza si pensaba sobre ello. Pero no llegaba nunca a conclusiones.
¿Me amaste tú, acaso? Qué otra cosa podría yo pensar, descifrando los movimientos de tus manos, que seguían las rayas de luz temprana sobre mi piel. Viéndote detener tus ojos sobre los míos y que, sin pedírtelo ni esperarlo, me abrazaras.
Creo recordar que existe. Me refiero al sentimiento de estar enamorado. Pero es una debilidad como otra cualquiera, y, por lo tanto, unos lo tendrán por tortura y otros podrán superarlo.
Ya he decidido el día, la hora, el lugar. Estoy completamente seguro de ello. Totalmente. Son cosas que te llegan como una luz reveladora, curiosamente, sin preverlo, pero tras mucho meditar. Y, aunque no pudiera parecerlo, cada cifra es un detalle con un significado concreto.
A menos que seas un romántico, no dejas nada preparado para nadie. ¿Qué más da lo que deje atrás cuando me marche? Todo a tu alrededor, todo lo acumulado, incluso los recuerdos que sólo están en tu cabeza, pierden el apego que, durante todo este tiempo, te habías obligado a darles.
En realidad no cuesta tanto. Sólo tienes que dejar de ver tu alrededor como si formaras parte de ello, y observarlo, simplemente, como un contexto, unas paredes, unas formas y unas texturas que no te pertenecen; así percibes la vida como un recipiente en el que te has colado con la misma facilidad con la que puedes salir.
Mi querido Carlos:
¿Qué es enamorarse? Porque yo ya no me acuerdo. Y mira que, en el fondo, creo recordar que en algún momento de mi vida tuve, si no la respuesta, al menos la sensación y la vivencia.
¿Cómo era – dímelo tú, si es que lo recuerdas- aquello de despertar a tu lado y no querer apartar la mirada de tus párpados aún soñadores y de tus dulces patitas de gallo?
No sé si te amé, porque, por aquella época, yo ya no sabía lo que era el amor. Cierta idea, teórica, aproximada, me venía a la cabeza si pensaba sobre ello. Pero no llegaba nunca a conclusiones.
Ya no te recuerdo.
O no quiero recordarte.
En el vacío de este pensamiento se hunde la rutina de mi vida, que anda con pasos cansados a través de la incertidumbre.
Durante el caminar, miro el suelo que piso, sin ganas de aferrarme a la tierra, que me sujeta con tentáculos de carnosa hiedra aterciopelada.
La indiferencia, con la paciencia confundida, se ha vuelto uno de mis fuertes, haciéndose dueña de mi voluntad frente a los demás y frente a mi misma.
Y, sin poder moverme, se acumula sobre mis hombros el polvo ceniciento de esta amargura melancólica que irrita mis ojos, seca mis manos y por dentro me pudre.
Quiero morir
y no tener nada que ver con esta vida que me toca.
Pero antes de ocurrir
dejaré mi obra al arte del disfrute sin que salga de mi boca.
Que se plasme con mis manos
en la música que en mi alma y mi sentir la belleza evoca.
Y que lícitos conserven los años
los escritos que surgen de esta piel sufrida y rota.
Antes de partir
morderé el silencio y contaré lo que provoca.
Porque quiero morir
y seguir el sendero pensando que ya la lucha es poca.
Y me preguntan
si me afecta de algún modo.
Raro sería que así no fuera.
Y me pregunto
si podré, sobre ello, seguir escribiendo.
Cuánto durará mi vida.
Ayer me acosté con un desconocido.
Me dejé llevar a una casa y no pregunté nada más.
Entre el humo y el alcohol cerrábamos los ojos, cada vez más aplastados al sofá.
Y caímos abrazados antes de que el sueño llegara.
Nos encontró la pasión entre el desvelo y la ensoñación.
Y el tormento de miradas ajenas cohibía la fiereza y el desconsuelo.
Ayer me enamoré de un desconocido.
Del hombre escondido tras la mirada indiferente.
De los besos de papel que vinieron durante la madrugada.
Los recuerdos son una mina destructora.
Un recogedor de alegrías, de despojos y un creador de mentiras y ensoñaciones.
De alguien escuché una vez que el peor sentimiento que uno puede tener es el de culpabilidad.
Y soy trágica.
En la tumba de los lamentos me deshago y descompongo.
Voces humanas entonan una broma que no me sacia y me destroza.
Y recuerdo:
Hacer contigo cosas con quien nadie he hecho.
Revelarte misterios y confidencias que casi nadie sabe.
Y me duele:
Releer planes que ya no se llevarán a cabo.
Acariciar portadas que nunca llegarán a tus manos.
Y recuerdo:
Compartir la autodestrucción.
Detenernos en la felicidad descomplicada.
Y el dolor del recuerdo pesa y se hunde hasta el fondo, formando un poso que ya no se quita.
Y el recuerdo del dolor es alimento para las almas cojas, para las mentes desgastadas y ya perdidas.