Ayer me acosté con un desconocido.
Me dejé llevar a una casa y no pregunté nada más.
Entre el humo y el alcohol cerrábamos los ojos, cada vez más aplastados al sofá.
Y caímos abrazados antes de que el sueño llegara.
Nos encontró la pasión entre el desvelo y la ensoñación.
Y el tormento de miradas ajenas cohibía la fiereza y el desconsuelo.
Ayer me enamoré de un desconocido.
Del hombre escondido tras la mirada indiferente.
De los besos de papel que vinieron durante la madrugada.
