Ya no te recuerdo.
O no quiero recordarte.
En el vacío de este pensamiento se hunde la rutina de mi vida, que anda con pasos cansados a través de la incertidumbre.
Durante el caminar, miro el suelo que piso, sin ganas de aferrarme a la tierra, que me sujeta con tentáculos de carnosa hiedra aterciopelada.
La indiferencia, con la paciencia confundida, se ha vuelto uno de mis fuertes, haciéndose dueña de mi voluntad frente a los demás y frente a mi misma.
Y, sin poder moverme, se acumula sobre mis hombros el polvo ceniciento de esta amargura melancólica que irrita mis ojos, seca mis manos y por dentro me pudre.
