La última vez que hice el amor, te imaginé.
Y primero comencé a sufrir al recordarte y a llorar de dolor y represión. Porque aún quería tener la oportunidad de conservarte y de acudir a ti.
Y, pensándote, hubo un instante en el que te sentí cerca, y abrí los ojos y allí estabas. De perfil junto a mi cara, vi tu pelo y tuve tu barba suave rozándome la mejilla, y sin traerte el rostro con mis manos, para no ver el engaño, toqué tu nariz buscando ese arete que tan sexy te hacía, y allí estaba, o allí lo imaginé tan real como cierto.
Recordé que te encantaba mi cuerpo y lo ensimismado que yo te tenía. Por entonces no nos dejábamos querer del todo, pero sabíamos que aprenderíamos a querernos con nuestros secretos conocidos, expresados sin querer.
Y te dije en voz alta que lo hiciéramos y lo disfrutáramos como si esta vez fuera la última. Y, en nuestro apogeo, lloré de felicidad completa e infinita, sabiendo que de nuevo habías estado a mi lado, y que habíamos aprendido y mejorado como tú dijiste que podríamos; que yo te había perdonado y tú me habías perdonado, aun no habiendo nada que perdonar, como tú dirías; que nuestro camino se había corregido y las diferencias entre nosotros se habían acabado.
Y las lágrimas que recorrían mi cara las limpió alguien que ya no eras tú. Y la voz de fondo se iba y venía como un murmullo constante al que no se le da ninguna importancia porque no interesa.
Supe entonces que no volvería a hacer el amor con ese hombre, quien hasta ahora había sido sólo una salida, una compensación a nuestros problemas de inexpertos.
Me levanté y tuve ganas de vomitar. Y recordé cuánto había bebido, gritado y llorado por ti la noche anterior. Involuntaria e incontrolable. Artificial.
En el baño limpié mi cuerpo cuidadosamente, purificándome de una saliva que no era la tuya.
Me miré al espejo y me sentí bien por primera vez en mucho tiempo y me pregunté si ese sentimiento duraría.
Recordé nuestras meditaciones y sentí tu alma atormentada más liviana que nunca.
Porque aquella luz que siempre buscaste es con la que ahora iluminas, y con la que me has ayudado. Y tú, desde tu nueva y única consciencia, sabes que lo has hecho.
