Llega un momento en el que flota la mente, se aleja el cuerpo; y esa sensación al escuchar la primera nota es el despertar de los sentidos.
Oigo el movimiento hacia delante, de las manos, del sonido. Y ese murmullo de fondo,
incontrolable. La marcialidad en los dedos, respondiéndose entre sí sin gestos de lucha, sin preparación, como una bandada de pájaros en movimiento y gesto aprendido, instintivamente uno tras otro en perfecta armonía.
El cambio de tempo como algo natural. El compás que evita la monotonía. Una composición tan profundamente racional y a la vez tan tremendamente imprevista, variada y modulante.
De vez en cuando el canto de una melodía oculta destaca por encima de todo, sobre un bajo punzante y perfecto. La velocidad es justa, precipitada al vacío; encajada y mantenida.
(Extracto de A Glenn Gould. Febrero 2016)
