Coda Nocturna

Mis sueños no me dejan dormir. Despierto por la noche, sin movimiento alguno y como si nada hubiera pasado; abro los ojos y el techo me observa con su opaca blancura pasiva.
Despierto de una vela para darme cuenta de que no voy a poder volver a dormir, por mucho que me obligue a mantener los párpados cerrados.

Abro los ojos de nuevo e intento distraer mi mente con alguna lista corriente de quehaceres diarios en los que ni siquiera consigo centrarme. Una maraña de palabras sin correlación vuelan embrolladas en el aire de la imaginaria habitación grisácea que acoge el raciocinio.
Y, ahora, mis pensamientos vacíos de lógica no me dejan concentrarme en mi propia existencia.

Pero no sólo uno mismo es fuente de la desdicha personal y de este desvarío. Hay tantos factores humanos e inanimados a nuestro alrededor, que perdería la cuenta describiéndolos aquí.

Me es muy difícil aguantar y superar los ruidos de la noche. Escucho la corriente eléctrica, el silbar del frigorífico, la secadora funcionando en el sótano, un deshumidificador dos pisos más arriba, los pasos en la escalera, el vecino tropezándose con mi felpudo…
Obligarse a no escuchar nada es un mal mayor; lo que percibo será entonces aún más violento e inesperado. Cuando creo que lo tengo controlado, y que me he enfocado y sumergido lo suficiente en el sonido de las esferas, de repente se me revela: Un zumbido aniquilador, proveniente de algún lugar desconocido. De nada sirve buscar; su origen cambiará según me mueva al intentar encontrarlo, mofándose de mí, y acabará retumbando en mi cabeza, convirtiéndose en una pesadilla peor que las que atisbo cuando cierro los ojos de la realidad.

La persecución es constante y existir resulta agotador.

Echo de menos el silencio. No el silencio absoluto, sino el silencio natural. Echo de menos los ruidos naturales y los ruidos maleables.
En la atmósfera que me rodea, en el aire que me arropa, hay una masa, una niebla densa formada de capas y capas de ruidos artificiales abominables. Son ondas que van y vienen y suben y bajan, enredadas unas con otras, algunas siguiendo patrones y otras sin concierto. Caos que, en realidad, se interna en el oído de todos.

Si ya, bajo las sábanas, me horroriza esta pesadilla sonora, no quiero explicar la angustia que me persigue durante el día, especialmente cuando uno quiere ser menos consciente de ello, pero se ve atrapado en una realidad en la que existen y coexisten aún más factores humanos e inanimados. Un miedo palpable que no sólo me persigue, sino que me cerca.

De nada me sirve teorizar sobre los sentimientos del resto de la humanidad relacionados con esta distracción aterradora. De la misma manera en que hay momentos en los que yo no me doy cuenta de lo que atenta contra mí, hay otros individuos que ni siquiera lo plantean como algo a tener en cuenta.

Así, la ignorancia del ruido acoge a los sordos temerarios.

Y, ellos, que acogen el mal audible como inaudible, ¿qué sueñan cuando duermen?

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julio 2022

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