¿Sabes aquello que dicen de que entre el amor y el odio, hay un paso?
No lo hay. Son muchos, muchísimos los que uno da para que le odien, para conseguir ser odiado. Uno tras otro, insistente y consciente y naive. Irresponsable y mediocre, egoísta y de sublime altivez.
El odio también es persistencia, ánimo al sufrimiento del otro. Un grito pidiendo atención. Mil dagas lanzadas al vacío hasta formar una montaña que cualquiera pise. Una mano invisible en el cuello, que incrusta las uñas para no dejar ni respirar, ni hablar, ni reaccionar; que se hunde en la cara, con los dedos en los ojos, para no dejar ver, ni apreciar, ni llorar.
El odio es trabajado, es usado, es débil y es sincero. El odio es enfermizo, es oportunidad, es deseo y es correspondido. El odio es y era y será. Y será las gotas de la lluvia que deshacen la piel al rozarla. Y las algas que te arrastran, del pie, mar adentro. Y el viento que siempre silencia tus respuestas.
