Pedir ayuda es algo que no nos enseñan a hacer.
Al planteármelo, pienso: ¿Será atrevimiento? ¿O valentía? ¿Será, simplemente, un derecho?
Un amigo diría que es, incluso, un deber:
“Háblame: No me niegues la posibilidad de ayudarte.”
Y me siento torpe sólo pensando en las palabras que debiera decir.
En mi cabeza es un ruego exacto:
“Ven. Tienes que ser tú: Eres quien mejor me conoce.”
Pero en el papel suena a sugerencia indecisa:
“Quizás si…”
Cándida, me recogería en tus brazos y te dejaría estar.
No lo ves o no quieres verlo.
Al final, mi voz no llega a ningún sitio.
Y, sea o no por mí o por mi falta de exactitud, me siento culpable por haberlo siquiera intentado y haber agotado las oportunidades que, tal vez, ni siquiera existían.
Cándida. Te miraría cándida y etérea y no diría nada.
Ven; te dejaría quedarte.
