Él: No sé qué debería hacer. No sé si sería bueno que me quedara. O por cuánto tiempo.
Ella: Yo no te voy a pedir que te quedes. Ya no.
Él: Pero tampoco me dices que aquí no pinto nada.
[Ella: Porque ahora que estás aquí, no quiero que te vayas.]
Pero me mordí la lengua y, en lugar de eso, dije:
Ella: Tienes que trabajar en ti. Cómo lo hagas, ya es cosa tuya.
Me sumergí en el calor de las sábanas.
Recuerdo un beso en la frente, de madrugada.
Y, cuando desperté, ya se había ido.
