Cuando era joven leía cosas que no sabía hasta qué punto
no eran poéticas e improbables.
Como cuando describían la mirada de una persona
como melancólica y lejana.
Pensaba que era imposible ver la tristeza en los ojos de la gente.
Pensaba que yo podría ver ojos opacos o brillantes o neutros, o sólo expresando emociones obvias,
si iban acompañados de lágrimas o de una sonrisa.
Ahora entiendo algo distinto.
No sé por qué,
no sé si es la experiencia propia o del mundo alrededor.
Ya puedo identificar a quienes, al mirarlos a los ojos,
sólo poseen un profundo mar que no puedes llegar a imaginar lo que ha vivido.
Los estoy estudiando.
Son ojos que me encuentro de manera recurrente.
Cuando cruzamos la mirada, los escruto y los analizo.
Quiero saber más,
pero tengo la sensación de que no me quieren revelar todos los secretos,
por ser grande el dolor que ocultan y no querer recordarlo.
Y sé que es así, porque es lo que me digo, ante el espejo, cada mañana.
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