No sé el pensar que me ataca al caer el día.
Me descubro imaginando los horrores de la noche,
de los que sólo me salva tu presencia vigilante.
Si en la apatía que cubre mi pesares
se intenta apoyar la solidaridad del mundo,
una niebla de miedo cae entre ambos,
al mismo tiempo que el sol,
como un muro escurridizo
y deja una capa de rocío al amanecer
que se mantiene hasta el próximo ocaso.
