Llegó un tiempo de plaga
y nuestro mejor refugio fue el hospital
con sus dobles puertas de entrada tras el hall principal
y sus corredores.
Aún así, cada sección tenía una mayor o menor disposición a ser el siguiente en ser invadido.
Mientras la mayoría se decidía por permanecer en medicina general, donde los despachos de los médicos de cabecera, último pasillo del ala izquierda,
nosotros escogimos la sección de ciencias e investigación, justo el pasillo anterior, más largo.
Podíamos acceder a salas a través de conductos de ventilación.
En una ocasión, fui más allá. Y salí al exterior, a lo alto de un monte de tierra roja.
Desde allí pude observar el infierno. La tortura de las gentes que habían sido atrapadas. Y a mi lado alguien se jactaba de pertenecer al escuadrón 1 que podría acabar con aquellos torturadores.
No ganaron nada, se lo llevaron y contemplé cómo era atado en una mesa, y una plancha de metal de la que salían pinchos, le aplastaba y le atravesaba las carnes.
A mí no se me llevaron. No supe si por piedad o por dejarme de testigo de aquel vicio escabroso de las entrañas de la montaña roja. Me dejaron ir porque les parecí bien. La aspereza que mostré ante la vanidad temeraria me salvó del castigo que otros muchos recibían.
Me dejaron ir e incluso me hicieron un regalo, un deseo oculto me fue cumplido como aprobación a mi ser. Una viola da gamba me fue entregada, para poder hacer llegar los sonidos más bonitos que la imaginación percibiera, a ese mundo ya maldito que se estaba pudriendo y limpiando al mismo tiempo.
Y me trataron bien porque vieron que, en mi existencia, iba a durar poco.
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