Han cortado el césped, y, con él, las margaritas. Ahora los caminos de piedra se ven mucho más claros, pero, bueno, no es lo mismo. Ya no tengo quien me mire cuando paso de camino a la cafetería. Las flores de los arbustos de al lado de la parada del tranvía se secaron ya hace tiempo, y es aburrido saludar sólo a las verdes hojas. Sólo quedaban vívidas y graciosas las florecitas de tonos violetas y púrpuras, y las margaritas blancas de a los lados del camino. Supongo que, igual que con el calor hay cosas que nacen (como aquel gorrioncito tímido y estresado dando saltos por la acera), otras se acaban.
(Cartas a un leptón)
