Los mochuelos nocturnos que aguantamos estudiando en la universidad hasta bien entrada la noche, somos pocos: A veces uno, dos, tres o cuatro personajes solitarios que, curiosamente, nunca nos vemos las caras.
Sé que estás ahí, oigo tu sonido, te conozco cada vez más por cómo tocas, y, sin embargo, no sé quién eres; un anónimo, aunque cada vez menos un desconocido, a nuestra manera.
