Alicia espera en el andén de la estación, retratándose a sí misma en el reflejo de los cristales del tren que tiene delante, a sus pies. Espera que la espera le calme y que las espinas que se clavan en su sien le hagan ver la realidad de otra manera, aclarando su vista entre hilillos de sangre.
Allí, de pie o sentada, mantiene una mirada ausente, y la gente que pasa a su lado mira su cabello mecido por el viento que descarga el tren a su paso.
– ¿Insinúas, tren, que, marchándote así, sin esperarme a mí como yo te he esperado, no tendré posibilidad de llegar a mi destino?
– No dudo que podrás coger el tren siguiente.
