Querido Eloah:
Me has perdido. Creo que aún no te has dado cuenta. Después de todo lo que hemos vivido juntos a lo largo de los decenios, irónicamente, no me arrepiento de dejarte. Sé lo que te pasa: No esperas, pero no actúas, simplemente sigues una inercia infinita que podría alargarse hasta la eternidad que vives. Tu orgullo no te permite admitir la situación en la que te has quedado. Estás solo. Y no me arrepiento de nada.
Éramos grandes conversadores. Te contaba mis problemas y tú me calmabas. Lo mismo hacías con muchas otras como yo: Les dabas tu amor y dejabas que te amasen. No me importaba mientras me dejaras tener un hueco en tu corazón. Pero fuimos engañadas. Yo me fui, como aquellas otras mujeres que también habían dejado de sentir tu presencia hace mucho tiempo.
Mi viaje es largo, y pienso que en otro lugar me sentiré mejor, donde no me llegue tu voz ni vea tus imágenes. Posiblemente vaya con los ermitaños del Norte. Has dejado a mucha gente en la estacada, eso también me impulsó a emprender otro camino diferente al tuyo. Al igual que abandonaste a este mundo a su suerte, te quitaré de mi mente. Quedarás como recuerdo vago y distante, herejía de mis pensamientos.
En este último momento, en este escrito, me permito llamarte por tu nombre verdadero, el que nadie debe pronunciar. Quizás así te darás más cuenta de quién eres. ¿Acaso poseer la inmortalidad es lo que te ha hecho cambiar de opinión? Has dejado que perdamos la fe tan fácilmente..
Dejo esta carta a las faldas del altar donde, arrodillada, conversaba contigo. Espero que alguno de los que aún creen en ti te la haga llegar. Amén.
El tejón de Imado
